Padre nuestro

Padre nuestro que mandás tu paloma a la virgen. Que hacés de tu voluntad la suya, de su hijo el tuyo, de su cuerpo el tuyo, aunque ni siquiera. Siempre omnipotente, siempre viríl, siempre hombre, siempre varón, siempre macho... Te llora la virgen, la madre, la que acompaña, la del papel secundario; y vos que le cagaste la vida, y vos que te la cojiste con la pija bien parada. Ella con su desconocimiento sobre lo que le seguiría, vos con tu autoridad de padre, de dios. Se hizo tu voluntad y no la suya. Y es que siempre es igual: a imagen y semejanza, nuestra voluntad y no la suya. Nos comimos al padre y ahora la horda tira las piedras sobre sus caras y cuerpos. Y así seguimos, siendo dios y ellas las cogidas, las violadas, las sirvientas, las pasivas. Y así seguimos mientras ellas lloran al hijo y el hijo hace lo que quiere, lo que quiere el padre, lo que quiere dios, lo que él mismo quiere, lo que quiere el hombre. Pero por suerte todo esto es solamente una aborrecible religión, una estúpida mentira, una espantosa creación. Aunque en toda invención esté remanente la impronta del hombre. Aunque en toda invención dominante encontremos la impronta del hombre y no de la mujer.

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